Sin palabras
Hace algunas semanas grabé el episodio 40 de Tiempo Extra Podcast, muy pronto lo compartiré en las plataformas en las que acostumbro a hacerlo, incluyendo Substack. Durante la conversación, apareció un recuerdo que me atreví a comentar, no es algo nuevo, suelo hacer esto durante la grabación de los episodios. Pero al verbalizar este recuerdo, me quedé casi sin aliento, se me deshizo la voz y tuve que pausar unos segundos antes de continuar la conversación. Fue visible la emoción a la que estaba atado el recuerdo en cuestión. Habían transcurrido 39 episodios para que llegara ese momento. Estoy acostumbrada a abordar temas muy profundos, a pasearme por una variedad de emociones, ya he recibido entrenamiento para no reprimirlas, para darles la bienvenida y aceptar que al sostener una conversación sobre temas la mayoría muy sensibles, también les concedo el terreno propicio para que aparezcan. Sin sospecharlo, ese recuerdo en particular, justo ese día de la grabación, floreció en mi garganta, cerrándola.
Hace un par de días reviví lo ocurrido, lo miré a través de una lupa, ahora con distancia y calma. ¿Por qué me emocionó tanto ir atrás, visitar nuevamente ese evento?, ¿Qué había en las capas más profundas de eso que compartí?, ¿Por qué me importaba todavía a pesar del tiempo que había transcurrido? Luego del análisis y la observación minuciosa, conseguí algunas respuestas, pero me pareció aún más oportuno simplemente reconocerme humana. Un ser humano capaz de conmoverme por un gesto discreto pero significativo, rememorarlo y volverme a emocionar. Eso fue lo que ocurrió, un estallido de humanidad.
A raíz de ese suceso, que podrán entender mejor cuando vean el episodio, me propuse el ejercicio de desempolvar parte de mi memoria afectiva. Me permití ir a esa biblioteca que atesora momentos que me han triturado el alma, esos en los que se genera un suspiro hondo y se derraman varias lágrimas, la idea era apuntarlos tal como fuesen apareciendo. Puedo reflejar algunos de los eventos acumulados en ese recinto en este texto, con la intención de que Uds. si se animan, vayan a visitar los suyos, tal vez conseguirán algunos parecidos a los míos y otros igual de mágicos, pero singulares, como singular es nuestra humanidad.
A la pregunta de ¿Qué recuerdo, gesto, olor, canción, paisaje o película me conmueve? Esto fue lo que vino a mi mente: recordar los juegos en el patio de mi escuela primaria y en el jardin de mi casa, cuando miré por primera vez a través de la ventanilla del avión, los techos de las casas en Frankfurt, escuchar la voz de mi abuela en el único registro que tengo de ella, cuando mis amigos me pidieron que fuese la madrina de sus hijos, todos los gestos de solidaridad que amigos queridos han tenido conmigo luego de migrar, observar el comportamiento de sus hijos adolescentes y reconocer lo bien que lo han hecho, cuando dos personas que se aman se reencuentran, la emoción de mi madre al mirar la nieve por primera vez, todas las veces que egresé a un paciente, el brillo en los ojos de esos niños. Un paciente de 5 años en Münster que al terminar la consulta me regaló una flor. La emoción de un recién nacido en sala de parto, al encontrar el pecho de su madre. Mi viaje de regreso a Venezuela en el 2016, ese aterrizaje en particular. La entrada de la cueva del Guácharo en Caripe, Venezuela. El olor a guayaba madura. Cuando el mar trae a la orilla varias veces lo mismo, como intentando jugar con alguien. Cuando un perro regresa con la pelota. Las canciones de Silvana Estrada. El libro más reciente que leí, El jardinero y la muerte, de Gospodinov. Muchas películas, algunas escenas en particular de esas películas, como en el caso de Valor sentimental, solo por nombrar una actual. Las despedidas, en especial esas en las que toca desprendernos de lugares, amigos y lecciones entrañables, incluso teniendo la confianza de estar haciendo lo correcto. Desprendernos de algo importante, como las hojas de los árboles en otoño, esa estación me conmueve en profundidad. Una sonrisa genuina, sin palabras, porque no se tienen, o porque no sabemos cómo pronunciarlas.
María Auxiliadora Miranda-García

